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  • Salomé Ramírez Vargas

Caminando por la sombra


Una hora después de lo que parecía iba a ser un domingo lluvioso, el sol resplandece y cuestiono mi decisión de traer un abrigo. Hace algún tiempo que no salía a caminar. Cuando estaba pequeña solía hacerlo con mi mamá, quien al final del camino me motivaba con la recompensa de un helado.


El viento roza mi cara y de repente mi intento de contemplación se ve interrumpido por lo que hasta ese momento no había considerado molesto, la alerta de un mensaje en mi celular que se repite un par de veces pero que decido ignorar.


Las personas que pasan por mi lado en sus vehículos me miran con rostro de confusión y es entonces cuando recuerdo lo que al llegar a Puerto Rico se me había hecho obvio, la cultura del peatón fuera de los límites del Viejo San Juan, brilla por su ausencia.


Si la calle por donde transitan los carros estaba relativamente sola, la acera parecía un desierto. No sabía si lo que estaba haciendo era peligroso. Nadie caminaba por allí, ¿por qué habría de hacerlo yo?


Pinturas en la pared que separaba las casas del mundo exterior y que se extendía más allá de mi vista, me daban testimonio de que no era la primera en tener la loca idea de atravesar estos caminos que siempre parecían desolados. Son las 3 de la tarde y el sol está en furor. Uno que otro árbol cada tanto metro me da el alivio de una breve sombra.


Continué mi camino ocasionalmente mirando hacia atrás, una costumbre que adquirí en mi natal Colombia donde se camina no por diversión sino por necesidad, porque los carros son un lujo y el transporte público ocupa la mayor parte del tráfico. Entonces nos enseñan a estar atentos de los alrededores por eso de la inseguridad, un fenómeno que se repite en cualquier ciudad del mundo.


Sin embargo, en aquel momento aquellas eternas enseñanzas parecían en vano pues solamente éramos la acera y yo por metros y metros que iba dejando atrás con cada paso, y que contemplaba adelante mientras avanzaba.


Camino y tengo una incesante sensación de que alguien me observa. Un auto pasa por mi lado y me percato de que desde su interior, una mujer me mira en lo que parecía un intento de comprender el porqué de mis acciones. Al ver que me doy cuenta de su nada sutil mirada, se gira rápidamente y continua su camino.


Al fin me encuentro con el extremo de la pared y consecuentemente, de la calle. Cuatro luces ordenan el tránsito de una concurrida avenida y de pronto me doy cuenta de que no hay líneas para cruzar. Es decir que las posibilidades de que un peatón pase por esta avenida son tan pocas, que ni siquiera se molestaron en pintar la única forma segura de cruzar caminando los siete carriles que separan un lado del otro. Trato de pasar con la certeza de que los conductores se habían percatado de mi presencia, y me encuentro con una pequeña plaza. Al lado del camino, justo en frente del estacionamiento, veo una pequeña plataforma y decido sentarme.


De repente, el sol se oculta detrás de una nube gris que parece salir de la nada. A mis espaldas pasa un carro con música a reventar que me llama la atención, al girarme me percato de algo que parecía increíble, justo al otro lado había una parada de buses.

Luego de un año de pasar todos los días por allí, jamás había notado aquella estación. En mi defensa, tampoco había visto un bus en aquella área de Toa Baja. Ni siquiera podría decir de qué color son los vehículos que deberían parar allí. Entonces, decido que tengo que acercarme para asegurar que tal descubrimiento era real.


Cruzar los siete carriles que nos separaban fue todo un reto, considerando las circunstancias. Finalmente sobrevivo a tal hazaña y me siento en el oxidado banco. No sé cuáles eran mis expectativas, simplemente me senté por un rato a observar. A la izquierda, puedo apreciar un robusto árbol terminando abruptamente la acera, dando muestras de su lucha con el pavimento. A la derecha, un anuncio desgastado.


Una gota de agua cae sobre mi brazo. Pienso que es hora de regresar. Después de todo ya había pasado un buen tiempo esperando lo desconocido. Tal vez esperaba que llegara un pasajero, o que un conductor de bus al verme allí sentada decidiera parar, pero eso nunca ocurrió.


Otra gota de agua cae ahora sobre mi cara. Luego una más y una más. Me levanto y dejo atrás la solitaria parada. Parece que aquel abrigo no fue tan mala decisión después de todo.

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